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Wednesday, August 5, 2015

El Riesgo de Ser Defensora de Derchos Humanos en Honduras

por Keith Roberts

Durante una visita reciente de una delegación a Honduras, nos encontramos con una joven activista de 27 años. Es una feminista y socióloga. Cada mañana, después de vestirse, toma un selfie con su celular y lo envía a su padre, para que él sepa lo que ella viste. Por qué hacer eso? Porque ella teme por su vida, y supone que al acabarse el día, es probable que no esté viva y quizás su cuerpo sea mutilado y por lo tanto irreconocible. Por ello, su papá tiene que saber lo que llevaba puesto ese día, tanto su ropa como su joyería. En su trabajo, a menudo se encuentra denunciando a la policía por esconder información sobre crímenes y actos de violencia cometidos por militares hondureños y estadounidenses contra las mujeres. La violencia en Honduras afecta a todos, pero son las mujeres especialmente las que sufren y son mas vulnerables a la violencia sexual y a la violencia doméstica.

La militarización ha propiciado que los hombres anden con armas pequeñas, y las utilicen con frecuencia para cometer violencia contra la mujer, incluyendo violaciones. Las mujeres que denuncian violaciones por militares no obtienen justicia; hay una tasa de impunidad del 97%. Sólo el tres por ciento de estos delitos cometidos contra las mujeres llega a un proceso. Si uno reporta un crimen, con frecuencia termina con un homicidio - o a la mujer que lo reportó, o algún miembro de la familia.

La militarización de Honduras - financiada en gran parte por EE.UU. - contribuye a la violencia contra las mujeres. Cuando se militariza un país, la joven socióloga nos dijo, la tasa de violaciones aumenta dramáticamente. ¿Realmente queremos que nuestros impuestos apoyen este fenómeno, para que las corporaciones estadounidenses obtengan mas ganancias?

aprendiendo sobre la actualidad hondureña durante la delegación

Monday, August 3, 2015

Los niños de la Doctrina Monroe: las raíces militarizadas de la calamidad fronteriza de EE.UU.

por Arturo J. Viscarra y Michael Prentice
- No se puede resolver la crisis de la frontera EE.UU.-México a menos que EE.UU. acepte su papel en la creación de las condiciones terribles de las que l@s refugiad@s están huyendo.
"[E]n el hemisferio occidental la adhesión de EEUU a la Doctrina Monroe puede obligarlos ... al ejercicio de un poder de la policía internacional". -Theodore Roosevelt, 1904.


photo credit: Matthew Cole/Shutterstock.com



Es imposible entender las causas fundamentales de la ola actual de centroamerican@s que llegan a EE.UU., y encontrar la respuesta adecuada de dicho país, sin reconocer la relación histórica entre EE.UU. y América Central. Por desgracia, el debate en el Congreso y en los medios de comunicación convencionales no han considerado un cambio en su política exterior, sino se han centrado en la cuestión de que si EE.UU. tenga o no tenga nuevas obligaciones en virtud del derecho internacional humanitario o el deber moral de tratar a l@s niñ@s indocumentados con respeto. El Vicepresidente Biden se refirió a ell@s recientemente como "nuestr@s niñ@s," enfatizando la importancia del debido proceso en cuanto a sus solicitudes de asilo, pero al mismo tiempo, él propuso una repetición del fallido "Plan Colombia" en Centroamérica. Antes de apresurarse a más militarización dentro del marco de la Guerra Contra las Drogas, EE.UU. tiene que asumir su parte de la responsabilidad en haber creado las condiciones políticas, sociales y económicas actuales de las que l@s refugiad@s están huyendo.

La Doctrina Monroe de 1823, que declaró a EE.UU. como el único poder en el Hemisferio Occidental, allanó el camino para el control estadounidense en Centroamérica, tanto histórico como actual, a través de las intervenciones militares y por financiar, armar y entrenar las élites locales pro-EE.UU. y sus fuerzas armadas. En las décadas siguientes, muchas repúblicas de América Central y el Caribe se redujeron a "protectorados o estados clientes de facto" de EE.UU. según el historiador John Coatsworth. Durante las Guerras Bananeras, el ejército estadounidense intervino en Honduras siete veces en doce años. El golpe de estado guatemalteco, orquestado por la CIA en el 1954, provocó una guerra civil que duró hasta el 1996. En la década de los 80, El Salvador, Honduras y Guatemala fueron inundados con ayuda y asesores militares, lo que resultó en una matanza masiva, igual que una migración masiva a EE.UU. La "república bananera” de Honduras se convirtió en una plataforma para las fuerzas armadas entrenadas por EE.UU. en su lucha contra los izquierdistas en los tres países que lo bordean, ganándose el apodo "USS Honduras.”

La Escuela de las Américas (SOA), establecida en 1946, encarna la política tradicional de EE.UU. hacia Centroamérica: la aplicación de soluciones militares a los problemas sociales y económicos. Los egresados de la SOA incluyen a los más notorios violadores de derechos humanos de América Central: los miembros del Batallón 316 en Honduras; los asesinos del arzobispo Oscar Romero, de cuatro religiosas estadounidenses y de más de 900 civiles en El Salvador; y los presidentes de Guatemala conectados a las campañas militares genocidas. A pesar de las afirmaciones del Pentágono sobre un cambio y más transparencia, se han negado a publicar los nombres de los egresados de la SOA durante los últimos 10 años. Tratese de la Guerra Fría o la Guerra Contra las Drogas, la SOA continúa permitiendo que los aliados de EE.UU. puedan cometer violaciones de los derechos humanos en nombre de la democracia.

El 28 de junio del 2015 se cumplio el sexto aniversario del golpe de estado militar (dirigido por graduados de la SOA) que derrocó al presidente hondureño Manuel Zelaya, un líder democráticamente elegido. Miles de opositores al golpe han sido amenazad@s, golpead@s, torturad@s, desaparecid@s o asesinad@s. Mientras tanto, EE.UU. trabajaba diligentemente para garantizar que el régimen golpista se mantuviera en el poder, y rápidamente reconoció los resultados de las dos elecciones contaminadas que pusieron en el poder a Porfirio Lobo y a Juan Orlando Hernández. Las fuerzas de seguridad hondureñas pos-golpe han recibido más ayuda y entrenamiento militar de EE.UU., a pesar de su historial bien conocido de violaciones a los derechos humanos y a la infiltración por los cárteles que supuestamente combaten. Además, el Pentágono ha construido al menos tres nuevas instalaciones militares de EE.UU. en Honduras desde el golpe, revelando el motivo estadounidense en sus acciones: su apego al "USS Honduras."

No debe ser ninguna sorpresa que Honduras, el país del origen del 29% de l@s menores no acompañad@s que se entregaron a la Patrulla Fronteriza en 2014, ha llegado a ser por primera vez la fuente principal de la migración centroamericana, cuando los regímenes hondureños apoyados por EE.UU. han exacerbado el desorden, la violencia y los problemas económicos en los últimos cinco años. En sus relaciones con América Central, los EE.UU. colabora militarmente con las oligarquías locales para reforzar las desigualdades políticas y económicas, o sea, el staus quo. La ola actual de niñ@s y adultos que huyen de América Central es debida, al menos en parte, a la continuación de la supremacía de los caprichos del Pentágono en cuanto a las necesidades básicas de la mayoría pobre de América Central.

Es importante tener en cuenta por qué l@s nicaragüenses no están emigrando en masa a pesar de enfrentar obstáculos históricos, económicos e imperialistas parecidos a los de los otros países de América Central. Después de décadas de gobiernos brutales apoyados por EE.UU., el gobierno de Nicaragua actual ha sido capaz de escapar, en gran medida, al control de EE.UU. y formar sus propias políticas de seguridad. Los resultados son niveles mucho más bajos de violencia y de migración forzada que sus vecinos, a pesar de niveles similares de pobreza. EE.UU. puede aprender del éxito de Nicaragua en áreas tales como la vigilancia para resolver la crisis migratoria de l@s niñ@s, pero sólo con un cambio fundamental de la cultura de seguridad promovida por las fuerzas estadounidenses en los países vecinos.

Desde el 2008, EE.UU. ha gastado más de 800 millones de dólares en “ayuda para la seguridad” de Honduras, Guatemala y El Salvador a través de la "Iniciativa Regional Centroamericana de Seguridad" (CARSI), así como millones más en la ayuda bilateral al ejército y a la policía en cada país en nombre de la Guerra Contra las Drogas. Pero cuando ese dinero se destina a los políticos infiltrados por los cárteles y las fuerzas de seguridad, como en Honduras, ¿es sorprendente que la ley se deteriore aún más? Los adultos centroamericanos arriesgan sus vidas y las de sus hij@s para escapar del sistema histórico y de la violencia actual en cuya creación EE.UU. ha tenido un papel importante, aunque lo niegue. ¿Quién es más irresponsable, los padres o el Pentágono? ¿Quién es más racional, los padres o el Congreso de Estados Unidos?

En el 2013, después de casi 200 años, el Secretario del Estado, John Kerry, declaró que la época de la Doctrina Monroe había terminado. Sin embargo, parece que el Pentagono sigue con lo de siempre con sus aliados corruptos en Honduras y Guatemala. Mientras una cantidad récord de refugiad@s centroamerican@s son detenid@s en la frontera, los medios de comunicación y los políticos deben reconocer que est@s niñ@s son el resultado de los conflictos armados financiados por l@s contribuyentes estadounidenses. Las reevaluaciones honestas, audaces, y fundamentadas sobre la política exterior en la región deben llevarse a cabo e implementarse para que las condiciones en Centroamérica mejoren dentro de poco.






Arturo J. Viscarra emigró a los EE.UU., de El Salvador, durante la guerra civil. Él es un abogado de la inmigración y el Coordinador de la Abogacía para SOA Watch.
Michael Prentice es un estudiante en Vassar College y era pasante en SOA Watch. 

Únete a Arturo, Michael y miles de personas más para la vigilia en la SOA este noviembre: http://soaw.org/november.

Thursday, April 10, 2014

San José, Buenaventura: Zona cero del libre comercio en Colombia

Por Chelsey Dyer, Junta Regional de APP Sureste
 

El puerto de Buenaventura. Foto: Chelsey Dyer

Las casas que me rodeaban eran pequeñas, construidas de madera por las manos de los miembros de la comunidad que vivían en ellas y desarrollaban sus vidas dentro de sus paredes. El sabor a sal cosquilleaba mis labios. Las brisas frescas del mar cercano intentaban acogerme entre sus olas refrescantes, pero el calor del día y las emociones no se escaparon de mí. Pisaba con cuidado, observando la belleza única de mis alrededores. De repente mis pies se tropezaban sobre las conchas en el suelo mientras trataba de entender historias de asesinatos, luto y esperanza. Estaba en San José, o Sanyu, una comunidad en la ciudad portuaria de Buenaventura, Colombia, en reuniones con las comunidades como parte de una delegación de Acción Permanente por la Paz. Ese día escuché acerca de cómo el gobierno municipal amenazaba a esta comunidad con reubicación para hacer espacio para un malecón, y por un momento breve, entré en la realidad cotidiana de la tensión y la frustración del libre comercio. Una realidad de casas allanadas por el turismo y un patrimonio cultural abandonado por el beneficio. Una realidad de la cual no pudieron escapar los habitantes de San José.

Había indivíduos cuyas familias vivían en la comunidad desde el alba de su existencia, familias que se habían trasladado allí después de ser desplazadas de sus barrios originales, y criminales que pretendían controlar el barrio con el terror y el miedo. Todos ya han sido impactados de forma irreversible por el Tratado de Libre Comercio EE.UU-Colombia. Aquí, en la vida cotidiana el libre comercio no se trataba de pesos ni dolares. El libre comercio era el miedo. Era la inseguridad. Era la inestabilidad.

San José es uno de varios barrios afectado por el libre comercio en Buenaventura, una ciudad bulliciosa que contiene el puerto principal de Colombia que mueve alrededor del 60 por ciento de las importaciones y exportaciones de la nación. Sumado al comercio internacional portuario, la mayoría de la economía local de Buenaventura depende del mar, y tanto el gobierno nacional como el municipal pretende aprovechar de la ubicación costera de la ciudad para atraer proyectos de turismo más grandes y ambiciosos de turismo, que pareciera priorizar atraer a visitantes extranjeros que atender a las necesidades de sus propios ciudadanos.

En 2012, Colombia y los EE.UU implementaron un Tratado de Libre Comercio (TLC) que eliminó inmediatamente el 80 por ciento de los aranceles en bienes exportados. Los empresarios aseguraron que esta política del libre mercado maximizaría las ganancias, aumentaría el empleo y impulsaría el crecimiento económico. Comunidades como San José fueron excluidas del diálogo oficial, que nunca abordó la realidad de que era muy improbable que comunidades así compartieran este supuesto crecimiento.

Izquierda: Las lanchas tradicionales de los pescadores residentes de San Jose. Derecha: El barrio de San José contrasta con los grandes edificios detrás. Fotos: Chelsey Dyer
 Los miembros de la comunidad de San José todavía salen a pescar en sus lanchas tradicionales. Recolectan almejas, usando la carne para alimentarse y las conchas para construir los pisos de sus casas. El mar es más que una economía: es vida, cultura y mecanismo de autonomía y sostenibilidad para la gente. Sin embargo, con el apoyo del gobierno nacional, el gobierno municipal de Buenaventura está en el proceso de reubicar forzosamente a la comunidad a un barrio nuevo de casas baratas y prefabricadas que queda a kilómetros del mar. Nadie consultó esta decisión con la comunidad de San José. Nadie les informó de otras oportunidades económicas. No hay escuelas, clínicas de salud o otros servicios sociales en el nuevo y aislado barrio. Una comunidad que ha vivido del mar por mas de 70 años está siendo trasladada a un complejo lejos de su economía, comunidad y patrimonio actual.

Con sus voces silenciadas por las grandes empresas o ahogadas por el miedo, la esperanza de Buenaventura sobrevive pero la violencia en la ciudad sigue aumentando. La situación en Buenaventura apoya la idea de que cuando la gente no tiene acceso a alternativos económicas viables, generalmente escogen las opciones que tienen que ver con la violencia. En marzo, el presidente Juan Manuel Santos envió a 380 policías y 400 tropas de la armada a Buenaventura para combatir la violencia. Pero como expuso un informe por la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, “Los regulares dicen, 'que no pueden hacer nada, que su función es cuidar la riqueza.' Esto ocurrió hace pocas semanas cuando la gente fue en ayuda de los militares para evitar que una persona fuera asesinada por paramilitares.” Los líderes comunitarios han repetido varias veces que no quieren mas pie de fuerza ni armas en Buenaventura, sino que se garantice la seguridad por medio de la inversión social en su ciudad para crear trabajos, oportunidades económicas y comunidades sanas. Según la prensa, Buenaventura genera alrededor de $2 millones USD en ganancias tributarias para Colombia, pero solo $150.000 USD de ese total está reinvertido en la ciudad, y nada se filtra a barrios como Sanyu o a los trabajadores portuarios y sus familias. Después de vender el Libre Comercio bajo falsas pretensiones, la estrategia del gobierno ha sido enviar mas tropas a la ciudad que ya es la mas militarizada en Colombia y desplazar a aquellas personas que impide los planes para el “desarrollo.” Más armas, más violencia, mas miedo. Y más desplazamiento para que los ojos no vean y los corazones no sientan los problemas, y para que la apariencia del problema se maquille mientras se desconocen las causas originales.