Monday, September 8, 2014

"Security" in Mexico doesn't apply to many human rights defenders

by Maggie Ervin
Felipe Calderón, president of Mexico from 2006 to 2012, had a way a talking that sounded a bit like George W. Bush, which is to say unapologetically bellicose. As soon as his term started, he declared a War on Drug Trafficking, and quickly put it into full military action. By the end of his term, the results were staggeringly tragic: more than 60,000 Mexicans dead, more than 20,000 disappeared, more than 150,000 displaced, and still plenty of drugs flowing to the U.S. and Europe. The current president, Enrique Peña Nieto has shifted the discourse, avoiding the words “war” and “combat” all together, and instead focusing on what he calls a “national security policy.” Additionally, his attention has been divided as he's been busy promoting and passing a series of constitutional reforms. Unfortunately, though, neither of these factors has meant that respect for human rights has necessarily improved under his administration. By a few measures it has, but by others it's actually gotten worse.

Comite Cerezo Mexico was founded 13 years ago and works in the
defense and promotion of human rights of victims of political repression.  

A report issued last week by Comite Cerezo Mexico, “La Defensa de los Derechos Humanos en Mexico: una lucha contra la Impunidad” (in English, “Defending Human Rights in Mexico: a struggle against impunity”), revealed that forced disappearances have increased under Peña Nieto. The report points out that towards human rights defenders alone, this particular crime against humanity has gone up 60% during his administration. 29 human rights defenders have been disappeared in just eighteen months, as compared to 24 during the same time period of the Calderón administration. On August 30, International Day of Victims of Forced Disappearances,the UN High Commissioner for Human Rights called this situation in Mexico “critical.” 

A public act of remembrance of the disappeared in Mexico. As stated in the report, 
Peña Nieto has tried to "make invisible and diminish violence in his official rhetoric 
as well as through the media...and tried to put forth a message of security and peace." 

During this same year and a half, arbitrary detentions and harassment of human rights defenders have increased as well. Both of these tactics, the report argues, go hand in hand with the implementation of Peña Nieto’s political agenda. His reforms passed over the last year cover many dimensions of Mexican life - labor,fiscal policy, education, telecommunications and energy -  and are complex and extensive. Generally, though, their common thread is an unrepentant move towards privatization. Public opposition to the reforms is fierce and widespread, resulting in protests and blockades and the like by Mexican citizens. Meanwhile, the government has been resorting to repressive measures to quell such protests and to discourage participation. As the report states: “the great majority of those arbitrarily detained… were [detained] because of their political positions and disagreement with the neoliberal policies that are being applied in Mexico.”



Francisco Cerezo presents data from the report,
which covers from June 2013 to May 2014. 

Additionally, despite a less warlike rhetoric than his predecessor, Peña Nieto has hardly scaled down the militarization first initiated by Calderón. Just two weeks ago he launched a new 5,000 strong police force called gendarmerie, a new branch of the Federal Police (a force known for human rights abuses). The U.S. has been more than willing to support this militarization. Since Congress passed the Mérida Intitiative (also called Plan Mérida) in 2007, 1.2 billion USD have been delivered to Mexico, largely in the form of military equipment and training, and all in the name of fighting the War on Drugs. 


But much like its predecessor Plan Colombia, it's done very little to stop the flow of drugs. And yet there are no plans to terminate it. In Fiscal Year 2013 alone, more than 3,000 Mexican military personnel were trained at NORTHCOM in Colorado (an increase of 44% from FY 2011). And the Obama administration has requested 115 million dollars more for the Initiative in its FY 2015 budget proposal. So where do human rights come in? Despite the fact that the Mérida Initiative includes “Respect for Human Rights in Mexico” as part of its second pillar, this assertion has proved rather hollow. A mere 15% of its funds are conditioned on meeting human rights standards. And considering that increased human rights violations in Mexico coincided with the distribution of Mérida Initiative funds, the question becomes: Is the U.S. not complicit in these violations? 


This week, Peña Nieto gave his second State of the Union address. In it he announced the construction of a huge new international airport partly in Mexico City and partly in the State of Mexico. Curiously, in 2006, while governor of the State of Mexico, he ordered the massive repression of protests which had sprung up in response to a similar airport project. The result: two dead, 207 arbitrarily detained, many tortured, and 26 women sexually assaulted. Considering both his past and recent record on human rights, there is reason to be concerned about how the president will respond to the protests that are already springing up.


"Land Yes, Planes No!" reads this 2006 sign.

La supuesta "Seguridad" en México no llega a muchos defensores de derechos humanos

por Maggie Ervin

Felipe Calderón, en su período de presidente de México entre 2006 y 2012, tenía un discurso parecido al de George W. Bush, el entonces presidente estadounidense, es decir, belicoso sin concesiones. Tan pronto como tomó posesión, declaró una Guerra Contra el Narcotráfico, y rápidamente militarizó el país. Para finales de su mandato, los resultados fueron trágicos y desastrosos: más de 60.000 mexicanos muertos, más de 20.000 desaparecidos y más de 150.000 desplazados, y ni siquiera logró frenar el flujo de drogas a los EEUU y Europa de manera significativa. El actual presidente Enrique Peña Nieto tiene un discurso diferente al de su antecesor. Este evita las palabras como "guerra" y "combate" por completo, enfocándose en lo que llama su política de “seguridad nacional" y el México “moderno”.  Este enfoque le ha permitido promocionar y aprobar una serie de reformas constitucionales. Lamentablemente, ninguno de estos factores ha favorecido una mejora en el campo de los derechos humanos.


El Comité Cerezo México tiene 13 años trabajando en la defensa y
promoción de los derechos humanos de víctimas de represión por motivos politicos.

Un informe publicado la semana pasada por el Comité Cerezo México, "La Defensa de los Derechos Humanos en México: Una lucha contra la Impunidad", reveló que las desapariciones forzadas han aumentado con Peña Nieto. El informe señala que tan solo a los defensores de derechos humanos, aumentó un 60%. Esto significa que 29 defensores han desaparecido durante los primeros 18 meses de su sexenio, en comparación con los 24 durante el mismo período de la administración de Calderón. El sábado pasado, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos calificó esta situación como "crítica". 


Un acto público recordando los desaparecidos en México.
Segun el informe, Peña Nieto ha tratado de "invisibilizar o disminuir
 la violencia tanto en el discurso oficial como a través de los medios 
masivos de comunicación...y intenta transmitir un mensaje de seguridad y paz." 


De esta manera, durante estos últimos 18 meses las detenciones arbitrarias y el hostigamiento hacia los defensores de derechos humanos se han incrementado. Ambas tácticas, sostiene el informe, van de la mano con la aplicación de la agenda política de Peña. Sus reformas, que forman una parte central de esta agenda, abarcan muchas dimensiones de la vida mexicana – la laboral, la fiscal, la educativa, la de telecomunicaciones y la energética – clara tendencia hacia la privatización, lo que atenta contra la vida pública. Como resultado, es de esperarse que la oposición a estas reformas sea feroz y extendida en el ámbito público, dando lugar a manifestaciones, marchas y bloqueos por parte de los mexicanos. Mientras tanto, el gobierno ha estado recurriendo a medidas represivas para sofocar este tipo de protestas y de esa manera desalentar la participación ciudadana. Como dice el informe: "la inmensa mayoría de los detenidos de manera arbitraria en el país lo fueron por su forma de pensar o disentir con las políticas neoliberales que se están aplicando en México." 

Francisco Cerezo presenta los datos del nuevo informe,
que abarca desde junio de 2013 hasta mayo de 2014.

A pesar de su retórica menos combativa, Peña apenas ha reducido la militarización iniciada por Calderón. Justamente hace dos semanas lanzó una nueva fuerza de seguridad con 5.000 elementos policiacos, llamada “gendarmería” como nueva rama de la Policia Federal (una entidad conocida por sus violaciones de derechos humanos). En apoyo a esa política militar, los EEUU han demostrado la aceptación de estas medidas. De hecho, ha sido un participante activo en ellas. Desde que el Congreso aprobó la Iniciativa Mérida (también llamado Plan Mérida) en 2007, se han entregado 1.2 mil millones de USD a México, principalmente en forma de equipamiento militar y entrenamiento, todo en nombre de la Guerra contra las Drogas.



Tanto el Plan Mérida como su precursor Plan Colombia, no han logrado detener la producción y el flujo de drogas significativamente. Sin embargo, no hay planes para reducirla contundentemente. EEUU, en su año fiscal 2013 (que va de julio a julio), entrenaron más de 3.000 militares mexicanos en NORTHCOM en Colorado (un aumento del 44% desde el año fiscal 2011). Por si fuera poco, el gobierno de Obama solicitó recientemente 115 millones de dólares más para la Iniciativa Merida en su presupuesto para el ano 2015. Frente a todas estas políticas militares, la pregunta es: ¿Y que políticas se han implementado para velar los derechos humanos? A pesar de que la Iniciativa Mérida incluye "El respeto de los Derechos Humanos en México" como parte de su segundo pilar, el tan sólo 15% de sus fondos está condicionado al cumplimiento de las normas de estos. Y teniendo en cuenta que el aumento significativo de las violaciones de derechos humanos en México coincidió con la distribución de los fondos de la Iniciativa Mérida, ¿sería difícil argumentar que los EE.UU. no sea cómplice en estas violaciones?



La semana pasada Peña Nieto dio su segundo Informe de Gobierno en el cual anunció la construcción de un nuevo aeropuerto internacional en el área que colinda entre el Estado de Mexico y el Distrito Federal. Teniendo en cuenta que en el año 2006, cuando era gobernador del Estado de México, ordenó una represión masiva de protestas que surgieron en contra de la construcción de otro aeropuerto que en ese entonces se iba  construir. Tal decisión resultó en dos muertos, 207 personas detenidas arbitrariamente, 26 mujeres violadas sexualmente, y decenas de personas torturadas. Con estos antecedentes, es preocupante  lo que pueda pasar ahora con el nuevo proyecto anunciado en relación a los movimientos en contra del nuevo proyecto.


Una de las manifestaciones en el Estado de México en 2006.

Friday, August 29, 2014

Otro Plan Colombia no es la solución a la crisis migratoria centroamericana

Julia Duranti, APP Colombia

Mientras el Congreso menos productivo en la historia de los EE.UU. se fue de vacaciones en agosto sin abordar la crisis de los niños refugiados en Centroamérica, hay otros que opinan sobre posibles soluciones. En un editorial de los Los Angeles Times del 5 de agosto, Luis Alberto Moreno, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, sugirió que los congresistas miraran hacía el sur, a Colombia, y que usaran el Plan Colombia (paquete de ayuda valorado en 8.000 millones de dólares)  como un modelo de asistencia estadounidense para los países del Triángulo Norteño: El Salvador, Guatemala y Honduras. El 18 de agosto, Daniel Runde del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales repitió este llamado en un blog para Foreign Policy.

Esta recomendación es errónea por una cantidad de razones. El Plan Colombia nunca tuvo la intención de ser un plan de desarrollo, sino una estrategia antinarcóticos y contrainsurgencia en una época en que la más grande insurgencia guerrillera, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), representaba una seria amenaza al estado colombiano. En ese momento, Colombia también era el mayor productor de cocaína destinada a los EE.UU. De acuerdo con la doctrina de erradicación desde el lado de la oferta, fomentada la Guerra anti Drogas, los políticos planteaban que podrían erradicar el problema de las drogas en los EE.UU mediante la eliminación de los cultivos de coca—que contienen el compuesto básico necesario para producir la cocaína—en lugar de reducir la demanda de cocaína.

Estaban equivocados. Aunque el cultivo de coca en Colombia se redujo inicialmente cuando el Plan Colombia entró en vigencia en el año 2000, desde entonces la producción se ha estabilizado alrededor de 48.000 hectáreas, y los cultivos de coca en los países andinos vecinos (Perú y Bolivia) se han incrementado. Casi 15 años después, la producción total de cocaína entre los tres países ha bajado, pero éste es un fenómeno complejo que también tiene que ver con cambios en la demanda, como la reducción del consumo de cocaína en los EE.UU (donde el consumo de la heroína está aumentando). Colombia sigue siendo el mayor proveedor de cocaína en los EE.UU, con el 95 por ciento del mercado. Grupos violentos siguen peleando por acceso a las rutas de tráfico y los laboratorios.

El equipo y entrenamiento militar brindados a las fuerzas públicas de Colombia como parte del Plan Colombia simplemente arrojó más leña al fuego en un conflicto por tierra y recursos naturales que lleva ya más de 50 años. Además de la guerrilla, este conflicto involucra a otros actores armados: los escuadrones de muerte paramilitares, los cuales el gobierno colombiano ahora denomina bandas criminales. El ejército colombiano tiene una larga e ilustre historia de colaboración con estos grupos para cometer algunas de las peores violaciones a los derechos humanos en la guerra, incluyendo asesinatos, desapariciones forzadas, tortura y asalto sexual.

En una práctica especialmente macabra conocida como los falsos positivos, el ejército colombiano asesinó sistemáticamente a civiles inocentes y los vistió de guerrilleros para luego presentarlos como bajas, con el fin de ganar premios como bonos y vacaciones.  Vale mencionar que ésta práctica fue desarrollada como parte de la mentalidad de bajas promovida en el entrenamiento estadounidense. El gobierno colombiano ha abierto investigaciones en más de 5.000 casos de falsos positivos desde que el escándalo salió a la luz en el 2005.

Es cierto que los homicidios y el crimen violento han disminuido desde que comenzó el Plan Colombia, pero sólo porque el conflicto se ha desplazado hacia las regiones más rurales del país. Los asesinatos ahora son más enfocados y los actores armados ilegales utilizan cada vez más las amenazas y las desapariciones forzadas, las cuales son más difíciles de clasificar como hechos políticos. Los periodos de tranquilidad relativa en ciudades históricamente violentas como Medellín y Cali suelen ser más producto de la victoria de un grupo criminal que ejerce control total en la zona o de treguas entre bandas rivales, y no tanto de un mejor desempeño por parte de las fuerzas públicas, quienes continúan apoyando por lo menos tácitamente a las estructuras criminales en muchas regiones. Políticos de todo nivel, desde el local al nacional, se han visto implicados en estas estructuras narcoparamilitares.

Juntas, las agendas agresivas antinarcóticos y contrainsurgencia impulsadas por el Plan Colombia y financiadas por los contribuyentes estadounidenses han empeorado la crisis de los derechos humanos en Colombia en vez de solucionarla. La población de personas desplazadas internamente ya llega  a los 5,7 millones (segunda en el mundo, sólo después de Siria). Los EE.UU nunca se han visto inundados de refugiados colombianos, pero esto se deba a las barreras geográficas, no a que los refugiados no existan.

El Tratado de Libre Comercio (TLC) con Colombia, otra estratégica de crecimiento muy promocionada, tampoco ha hecho mucho para mejorar la situación. La balanza comercial de Colombia con los EE.UU. se desplomó un 200 por ciento desde una superávit de $950 millones de dólares apenas el año pasado. Además, el crecimiento económico que Colombia ha percibido recientemente se limita a las industrias extractivas, las cuales  tienen impactos medioambientales serios y destructivos, y que ni siquiera fueron uno de los sectores priorizados bajo el TLC. A pesar de un compromiso declarado de mejorar el pésimo récord laboral de Colombia en el Plan de Acción Laboral, Colombia es todavía el país más peligroso para los sindicalistas, que siguen siendo amenazados y asesinados con impunidad.  Las condiciones laborales permanecen precarias, con el 60 por ciento de la fuerza laboral empleado informalmente y el 30 por ciento de la población viviendo en la pobreza.

Frente a estas cifras, es difícil argumentar que el Plan Colombia sea una solución para la crisis de los refugiados de Centroamérica, pero seguramente los poderosos lobbyists de defensa lo intentarán; de hecho, ya lo hicieron. La ayuda militar estadounidense a Colombia se ha reducido en años recientes, primero con el fin de incrementar la ayudar militar a México para luchar otra fracasada Guerra contra las Drogas como parte del Plan Mérida, y luego redujeron la ayuda a ambos países para priorizar la Iniciativa de Seguridad Regional de Centroamérica (CARSI por sus siglas en inglés). El desplazamiento de la producción y tráfico de drogas y la violencia que traen consigo (de Colombia a México, y ahora a Centroamérica) es el ejemplo perfecto de la desafortunada política antinarcóticos y anti delito de EE.UU, demostrando muchos más fracasos que éxitos.  Hasta que hagamos responsables a nuestros políticos de reconocerlo, seguiremos viendo miles de niños refugiados llegando a nuestras fronteras.